sábado, 7 de septiembre de 2019

Los jabalíes van a la city

Hace unos días escribí un intento de aforismo basado en un artículo sobre los jabalíes que de noche se cuelan entre las calles de los pueblos. Pues bien: dicho y hecho.

Anteayer salí al caer la noche rumbo al centro del pueblo. Pasé junto a la zona arbolada de un parque apartado en forma de triángulo. Me había preparado una cena consistente para no tener que comprar fuera. Me tiré un eructo, y otro eructo me respondió desde el otro lado de un murete de arbustos. Del susto me salí de la acera.
Poco a poco, volví a subir a la acera para mirar por encima del murete. Una pequeña piara se alejaba al otro extremo del triángulo. Un jabalí adulto guiaba a por lo menos media docena de jabalíes más pequeños. Sus siluetas negras resaltaban entre los pinos contra la luz de la carretera. Me impresionó lo largo de sus hocicos. En cuanto me asomé, el jabalí grande me vio desde lejos y giró su cabeza hacia mí. Enseguida condujo a sus pequeños a un recodo más abajo, donde los perdí de vista. No habían atravesado la carretera, no sabía dónde estaban.

Retrocedí unos metros y temí una emboscada porcina por cualquiera de las tres aceras que me llevaban al centro. Pensé en cómo podría contar este encuentro. No paraba de pensar en las palabras de Ralph Wiggum: «Y uno de ellos se me quedó mirando.»
En lugar de subir por donde planeaba antes, o de cruzar al otro lado de la carretera —donde hay otro espacio donde cabe el misterio—, resolví cruzar por la carretera de enmedio, donde la estadística me decía que me iban a atacar sí o sí, pero mis ojos me decían que ahí ya no estaban.
Avancé con calma. Con calma. No están. Sigue oliendo a tierra levantada y desesperación por vivir. ¡Calla, que están ahí arriba! Menos mal que me alejé antes.
Los dejé atrás. Los jabalíes seguían pateando la hierba. Y uno de ellos se me quedó mirando.



Segunda parte:

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