Este último mes he publicado ante todo adaptaciones de sketches de Saturday Night Live. Experimentos de cómo los adaptaría yo a la cultura española. Aparte de las observaciones usuales —utilizan muchísimo los nombres Kevin, Carl y Helen—, mi mayor sorpresa ha sido darme cuenta de que en demasiados casos, el sketch no termina propiamente. Sobre todo en los sketches de la última década. Suena música, el reparto se retira, el público aplaude, pero la escena no ha dado ningún giro final, no hay remate. Parece que se les hubiera ocurrido una situación divertida —a veces, meramente sorpresiva— y la hubieran alargado sin más hasta llenar cuatro minutos y medio.
Otras veces sí hay un remate digno, pero no terminan ahí y continúan unos segundos más, hasta que todos los personajes se hayan desfogado. Diría que en los mejores sketches, estas partes se han recortado porque se han hecho las necesarias revisiones, mientras que en los sketches de pocos borradores, la metralla del bombardeo indiscriminado de chistes se queda ahí y hiere a la estructura con el tiempo.
Paso a comentar las escenas de este mes una a una, para de paso dejar aquí una especie de índice.
Tiburón de tierra es una delicia del absurdo. Combiné dos iteraciones del mismo chiste en una misma pieza. Su mayor dificultad en el montaje es distinguir qué parte del escenario es la casa y cuál una comisaría. Bromeo, la mayor dificultad es fabricar una cabeza de tiburón.
Originalmente, Un sketch para la mujer tenía la característica de ser autoconsciente de que en SNL siempre están leyendo rótulos en lugar de aprenderse los textos. Puesto que en una puesta teatral no se pueden poner letreros sin tapar el escenario, tuve que introducir un giro que a la vez tiene sentido dentro de la crítica al machismo: los hombres están actuando con el texto en la mano y las mujeres no tienen su propio libreto, por lo que dependen de que ellos les pasen el guion para saber qué es lo que tienen que hacer para estar a la altura.
Cita con un psicólogo infantil tiene el inconveniente de que hay que romper platos o cerámica, así como empapar a una actriz. Si algún taller teatral hace un montaje con estos textos, recomiendo la ejecución de este sketch al final de todo, porque después de todo el estropicio lo único que se puede hacer a tiempo es salir a saludar.
Premios Familia es la adaptación que más cambios necesitó. Muchas diferencias culturales entre EEUU y España.
Primera cita en el bosque está basado en First Date on a Lake. En la TV puedes montar una barca sobre un decorado, pero según como yo entiendo el teatro, el lago es lo de menos.
Uno de los pocos de los que me "arrepiento" de haber adaptado es Bullying para su perro. En el original es gracioso porque salen perros. Sin perros, tienes que recurrir a peluches tirados de hilos y no es lo mismo. Y no, meter a perros no es opción. Una vez vi Otello con un perro y no terminó bien.
Dr. Jekyll es uno de esos sketches donde se hacen contraplanos con cámaras, algo imposible en teatro. O sea, que recomiendo poner a Jekyll y a su esposa en el centro, mirando a público, y al fondo del escenario todos los científicos que lo están viendo. No creo que el público no entienda este tipo de perspectivas forzadas.
Muestra teatral de instituto es un verdadero peligro si no se hace bien. El reparto que hace de adolescente tiene que saber que lo que hace es penoso, pero que sus personajes están superinvolucrados. Al mismo tiempo, hay que dejar claro al público que esto no es una muestra de verdad. Y además, de nuevo los personajes adultos que están en la obra requieren de una perspectiva forzada para separarlos de la escena donde actúan los estudiantes. Una bomba en malas manos.
La familia Berridos es otro ejemplo de final que no termina. El chiste podría seguir toda la noche, pero se acaba ahí para no cansar. Viendo la película de Los Caraconos, ¿por qué SNL no produjo la película de The Loud Family?
¿Qué es lo que es eso? Un estupendo y sencillo entretenimiento para hacer en el proscenio a telón cerrado mientras detrás colocan la siguiente escena.
Comprando cerveza podría ser una explosión de humor si colaborasen actores adolescentes de verdad. La única dificultad real es la de definir el umbral de actuar mal a propósito.
Al estar en español en el original, English Policemen tenía que hacerse en english. Los objetos de comer que aparecen se pueden sustituir por otros menos exóticos. No en todas partes se encuentra una piña.
¿Cómo se llama? ¡Baldomero el portero! Because Norman the doorman.
Ya tenía traducido de hace meses el sketch de Mario es una fuente de inspiración. Está contado de un modo muy bobo, pero el mensaje es imponente. Debería enseñarse en las escuelas para debatir acerca del daño que está haciendo a la sociedad eso que llaman pensamiento positivo.
En Simulador del FBI cambié el final porque en el teatro no puedes poner un primer plano de un cuadro en el último segundo.
Recuerdos es una pieza bellísima. Creo que quitando la parte en la que se reían de comportamientos de gente con discapacidad intelectual, dejé la escena insuperable.
Ronda de sospechosas me funcionaba mejor con mujeres. Me dio la idea el sospechoso 4, que en el original siente que el personaje que le piden representar es una mujer. Me sonaba un poco a chiste transfóbico. Y como en todos los talleres donde he estado la mayoría del elenco es femenino, se me ocurrió despejar la pista de entrada.
Comida para perros es de un humor distinto, pero como ejercicio de interpretación lo veo útil, pues el personaje de la mujer es realista hasta el hartazgo.
Guitarrista en el metro está escrito con expresiones unisex para facilitar la elección de reparto.
¡Cuidado! En Niño de mamá hay una cama y un plato de tortitas.
Adapté El mafioso sordo porque me apetecía practicar chistes de palabras que suenan parecidas. Fuera de eso, ya no me parece tan memorable este sketch.
Identidades múltiples es un regalito para una actriz con ganas de probar distintos registros en una misma escena.
Vi la misma premisa de Borrador de novela, pero en mudo, en un espectáculo profesional que anda rondando por Madrid: Gag Movie, del grupo Yllana. Por lo que recuerdo, ellos le dieron un tratamiento más soñador y con unos cambios de vestuario instantáneos que lo convierten en una sensación distinta, pero siempre da un poco de tristeza ver que todas las ideas magistrales ya se han hecho antes por gente que ni siquiera conocías.
Si sale antes de los 40 minutos, a las señoras mayores les encantará Entrevista con Emilia Petiso. Es que después, se les seca la garganta, sacan los caramelos y ya no prestan tanta atención.
Lo que no sé si les gustará será Línea geróntica, porque si tus nietos te llaman me figuro que da gracia, pero si no te llaman... menudo bajón.
Empecé a adaptar Compañeras de piso porque me gustaban las transiciones de registros que hacían, pero luego me pareció imposible e innecesario describir el juego de rimas y payasadas que hacían las chicas. Por eso creo que será mucho más gracioso si las hipotéticas actrices se inventan su propio juego y lo hagan de verdad entre ellas durante los meses de ensayos.
En El Show de Odiemos a Jimena tuve que cortar una misma intervención en muchos renglones, porque tantísimas acotaciones hubieran dificultado la lectura del guion.
En España no tenemos una voz de Señora Negra Vindicativa. Dejando aparte a andaluces o gallegos, sólo podemos hacer chiste de los pijos. Por eso en Así hablo yo tuve que documentarme; la última vez que imité a un pijo, todavía decían lo de Te lo juro por las bragas de Mafalda.
Consejos para el ama de casa viene de un sketch de los años 70. Por eso se hace raro ver la figura del ama de casa, que hoy en día también dependería de un trabajo. En fin, ¡cuidado! ¡Hay que romper platos y comprarse un traje de cuero sadomaso!
La lavadora automática es una escena muda de un humor fino. No había diálogos que adaptar, pero no podía obviar esta delicia.
Me imagino el montaje de Equipo de vigilancia con los dos vigilantes en un tercio del escenario, sin nada detrás. El sospechoso no se ve hasta que se une a la fiesta. Mientras están hablando del objetivo, el resto del escenario está en penumbra. Entonces los vigilantes empiezan a hablar de la fiesta que está sucediendo en el apartamento de al lado, se enciende todo, y se sucede la fiesta sin música, o con una música muy sutil. Más adelante vuelven a hablar del objetivo y la fiesta se vuelve a apagar momentáneamente, lo justo para que agarren las pelotas de gimnasia y entre la tercera persona.
Después de varias semanas cazando sketches para adaptar a teatro, decidí cerrar con una joyita de la sátira: ¡Conozca a su segunda esposa! Aunque tenía este sketch anotado desde el mismísimo principio de mi iniciativa, me echaba atrás la interpretación de las tres esposas que estaban en el público, pues ya no quería tener que recurrir a perspectivas forzadas. Los contraplanos son para la TV. No obstante, tenía ganas de tratar esta pieza, por lo que hice cambios y confié en la imaginación del público.
Durante este repaso me he dado cuenta de que en ciertas entradas hay espacios donde no tercian. Es un problema de código. Hice demasiadas cosas raras en una de las entradas y copié la plantilla de ahí en adelante, multiplicando los bugs. Este mes aprenderé un poco de programación, para que por lo menos el HTML del blog no se me descuajeringue.
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domingo, 27 de octubre de 2019
Impresiones de adaptar SNL
lunes, 16 de septiembre de 2019
Ejercicio de improvisación: seducción en el parque
Un clásico de la impro es el ejercicio de las dos personas y las dos sillas. Uno de los actores se quedará en las sillas; un banco de parque. El otro tiene que acercarse y comenzar a improvisar una seducción.
También es interesante repetir el ejercicio con más parejas. Es graciosísimo cuando una referencia de la primera improvisación adquiere continuidad en las siguientes:
¿Ves ese edificio? Ahí trabajaba yo, me acaban de echar.
¿Ves ese edificio? Yo lo ayudé a construir, no me pagaron.
¿Ves ese solar? Yo diseñé el edificio que van a poner ahí.
Hace años, ya había probado este experimento como objeto de deseo. Esta vez me tocó el papel de seductor, y me daba vergüenza rebuscar en mi propio baúl de persuasiones eroticofestivas.
Resolví por la tangente. Aunque sea a un nivel involuntario, muchos hombres suelen dar comienzo a la seducción con muestras de poder.
—¡HOLA, SOY WALTER! —grité a mi pobre compañera— ¡WALTER TEXAS RANGER! ¡Y SOY MUY GRANDE, Y SOY LO MÁS...! ¡Es mentira, es mentira, es mentira! ¡En realidad tengo un nombre de m...!
Es decir, empecé satirizando a los ligones que atropellan, pero también me di cuenta de que por esa vía no iba a poder avanzar a lo largo de todo el cuadro. Jugué entonces por el patetismo súbito. Tampoco iba a tener mucho éxito con la chica, pero por lo menos podría administrar mis recursos durante más tiempo. Además, jugar a los gritos da gracia si es puntual. Un personaje que grita siempre al mismo nivel se hace plano.
Encapuchando y desencapuchando el patetismo de este hombre, se me hacía más surrealista aún. Sea como sea, había jugado una carta tan pesada que sólo tenía un modo de darle a la deseada un pie para interesarse por mí:
—Bueno, ya no la molesto más. Me voy, que tengo que atender mis negocios. Tengo tierras en México, en El Salvador...
A partir de saber que tenía tierras, la compañera que hacía de objeto de deseo pudo tener una baza para cambiar el interés de su personaje.
Habrá quien igualmente siga en sus trece, leyendo en el banco del parque sin interesarse, pero las escenas más memorables son aquellas donde surge un cambio en los personajes principales. Por decirlo de otra manera, una escena siempre será mejor cuando subvierta ideas establecidas. La chica deseada tiene que interesarse por el moscón en cuanto se entera de que tiene muchas riquezas.
En la vida real, el sexismo es grave; pero en el teatro es mucho más imperdonable que una improvisación eficaz termine del mismo modo que empezó.
Habrá quien igualmente siga en sus trece, leyendo en el banco del parque sin interesarse, pero las escenas más memorables son aquellas donde surge un cambio en los personajes principales. Por decirlo de otra manera, una escena siempre será mejor cuando subvierta ideas establecidas. La chica deseada tiene que interesarse por el moscón en cuanto se entera de que tiene muchas riquezas.
En la vida real, el sexismo es grave; pero en el teatro es mucho más imperdonable que una improvisación eficaz termine del mismo modo que empezó.
Este es uno de los motivos por los que es tan difícil escribir material de sensibilización de una causa como el machismo. Una obra de teatro encomiable en su planteamiento es Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. Tiene un mensaje, pero no por ello vuelve maniqueos a sus personajes. Lo ideal es que las personas que ya están convencidas no se aburran, y que los descreídos piensen un poco.
domingo, 8 de septiembre de 2019
¿Se puede echar en falta un foso?
Están instalando una rampa en el «foso» del escenario donde hago el taller de teatro.
Curioso: antes no me daba miedo caerme del proscenio. Ahora me da miedo caerme dos veces.
Curioso: antes no me daba miedo caerme del proscenio. Ahora me da miedo caerme dos veces.
sábado, 3 de agosto de 2019
Shak¡CRUNCH!speare
«Shakespeare escribió sus obras para ser vistas masticando con la boca abierta gusanitos de maíz de los que están al fondo de una bolsa de plástico.»
Firmado: las dos niñas que se sentaron detrás de mí en el teatro y que no comieron durante el receso pero sí durante las escenas del clímax.
Firmado: las dos niñas que se sentaron detrás de mí en el teatro y que no comieron durante el receso pero sí durante las escenas del clímax.
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viernes, 2 de agosto de 2019
Operro, el pastor de Alemania
Fui a una obra de teatro donde una línea del texto justificaba la presencia de un perro. Ahí estaba el pastor alemán; peludo, rellenito. A todos nos conquistó con su candor. De hecho, jugó en contra del resto del reparto, que a su lado tenía que esforzarse más para meternos en la tragedia.
En su primera intervención, el perro se dejó llevar a lo largo del escenario. Estaba acompañando a los demás sin mediar en el conflicto. Buen chico.
En su segunda intervención, hizo menos todavía. Seguramente salió porque si no lo hacía ahí, luego tendrían que darle un rodeo impresionante por las bambalinas y no querían dejarlo solo.
En su intervención final, arrancó el aplauso del público. Cuando quedaba un mero segundo para finalizar la obra, saltó a la cama de la Desdémona, se echó tan ricamente y se puso a lamer la cara de su amo. ¡El pobrecito había pasado tanto disgusto!
En su primera intervención, el perro se dejó llevar a lo largo del escenario. Estaba acompañando a los demás sin mediar en el conflicto. Buen chico.
En su segunda intervención, hizo menos todavía. Seguramente salió porque si no lo hacía ahí, luego tendrían que darle un rodeo impresionante por las bambalinas y no querían dejarlo solo.
En su intervención final, arrancó el aplauso del público. Cuando quedaba un mero segundo para finalizar la obra, saltó a la cama de la Desdémona, se echó tan ricamente y se puso a lamer la cara de su amo. ¡El pobrecito había pasado tanto disgusto!
viernes, 28 de junio de 2019
Experiencias de un estreno teatral
El pasado 22 de junio, las buenas gentes del Teatro Deakí estrenamos Doce sin piedad, una adaptación propia de la obra de Reginald Rose Twelve angry men (Doce hombres sin piedad / Doce hombres en pugna). Una vez descansado, estas son mis impresiones.
Faltaba una hora para el estreno y yo estaba preocupado. No por mis compañeros, sino porque yo no estaba sintiendo ese fervor de todos los estrenos. Lo que hace que una interpretación se sienta siempre viva es ese nerviosismo. Habrá quien no lo sienta igual, pero considero que cuanto mayor es tu pánico escénico, mejor podrás llegar a actuar. Y me preocupaba no tener la vibra adecuada para mantener mi pulso interpretativo.
Empecé a ponerme nervioso el telón estaba a punto de abrirse y escuché a un cenutrio del público hacer un comentario de cenutrios. Hay gente que cree que humildad es pobreza. No, humildad es guardar silencio ante un evento que está floreciendo delante de ti.
Los primeros minutos fueron bien. Aún no tenía texto y me encanta expresar con el cuerpo. Pero cuando pasé mi primer par de líneas, me entró un nosequé que no sé cómo. Culpa mía, por ponerme café en el termo. Resultó que mi ánimo inicial ya era perfecto, y si hubiera bebido sólo agua quizá me habría centrado mejor. La energía actoral no es la misma antes de abrir el telón que después.
Las intervenciones pueden ser obvias —líneas de diálogo— o sutiles —puras miradas, posición de las manos—, pero estoy satisfecho porque en todo momento di todo lo que pude.
Del resto, lo único reseñable fue algo que me puso melancólico. Había leído que podía suceder, pero aún no lo había experimentado. La foto de cartel era de todo menos risueña. No obstante, y como ya avanzaba el comentario cenutrio de cuando se abrió el telón, a veces la gente sólo viene a reír. En las partes de humor se rieron. Pero en la más trágica también.
Sé que en la siguiente función lo haremos mejor, pero me siento en buena parte responsable de que el tono del estreno se torciese. Cuando adapté el primer borrador del guion, iba hasta arriba de café y me creía muy ingenioso. Ahora he pagado por mi jocosidad. Niños, no tomen drogas.
domingo, 16 de junio de 2019
Un movimiento audaz
Una colega del taller de teatro vino con su hija. Al salir charlamos todos un poco. La hija me recordaba a mí a su edad. Fue grato ver cómo su madre la amaba de forma incondicional. Cómo sentía que sus gracias tenían gracia.
Sucedió un momento auténtico.
La madre había traído una tableta de chocolate con almendras para su hija, pero después de darle su buen pedazo, ofreció también a las otras cuatro o cinco personas que estábamos presentes.
Yo quería chocolate, así que hice lo que insistiré en llamar Un Movimiento Audaz, porque si me lo hubiera propuesto desde los sesos y no desde el corazón, me hubiera dado vergüenza hacerlo.
Así pues, aunque era la madre quien me estaba ofreciendo el chocolate (y seguramente quien lo había pagado), le pregunté a la niña:
—¿Me dejas? —y como ella no se esperaba mi pregunta, repetí— ¿Me dejas?
La pequeña, legítima propietaria del chocolate, asintió, y así pude comer también.
Sorprendida y entre risas, la madre me dijo:
—Eres el único adulto que le pide permiso a una niña.
Por supuesto, hay que pedir permiso.
Sucedió un momento auténtico.
La madre había traído una tableta de chocolate con almendras para su hija, pero después de darle su buen pedazo, ofreció también a las otras cuatro o cinco personas que estábamos presentes.
Yo quería chocolate, así que hice lo que insistiré en llamar Un Movimiento Audaz, porque si me lo hubiera propuesto desde los sesos y no desde el corazón, me hubiera dado vergüenza hacerlo.
Así pues, aunque era la madre quien me estaba ofreciendo el chocolate (y seguramente quien lo había pagado), le pregunté a la niña:
—¿Me dejas? —y como ella no se esperaba mi pregunta, repetí— ¿Me dejas?
La pequeña, legítima propietaria del chocolate, asintió, y así pude comer también.
Sorprendida y entre risas, la madre me dijo:
—Eres el único adulto que le pide permiso a una niña.
Por supuesto, hay que pedir permiso.
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sábado, 15 de junio de 2019
Teatro Deakí: cada cual con su mochila
No se sube al escenario hasta haber soltado la mochila. Cada cual trae su propia carga, y sólo se disuelve hablándola o guardándola. Por eso la clase suele tardar un minuto más en comenzar; pero una vez subes, el tablado se convierte en un panal zumbante de abejas. Todas volando en su propia dirección; vibrando más y más; reconociendo los caminos del resto, y reinventando uno propio mejor.
Ya nos hemos hecho con el espacio. Nuestras articulaciones han crujido y han cantado todo lo que podían. Lo que podían, pues hay quien no puede desplegarse de aquella forma imaginada. Hay mayores, hay jóvenes; hay quien viene a ver, y comparte lo que ya ha visto. Cada cual inspira y espira a su ritmo, ya estemos brincando, contemplando, o esperando sobre una silla.
Hoy no toca montaje. El guion está ocioso y se entretiene arrugándose las esquinas. Hoy toca taller. Cada uno se monta a sí mismo, con apoyo de todos. A cada minuto que pasa, los focos pierden más su función, pues la función verdadera se gesta por dentro.
Que conste en acta para los cínicos: jugar es muy divertido.
Desde una misma premisa, multiplicamos las perspectivas. Podemos revivir en una sola sesión a todos los Sherlock Holmes que conocíamos, y además a Herlock Sholmes.
Tras haber subido a lo alto del torreón, hay que descender. Aquí se respeta la importancia del epílogo.
Para bajar de nuevo al gentío, nos servimos de unas esterillas. Puede que sean estrechas, pero son nuestras alfombras mágicas. Nos tumbamos en ellas. Las luces también deben bajar. Respiramos por todas esas partes de nuestro cuerpo que nunca dicen yo.
Es la coda; no queda nada que hacer.
En estos momentos no echas de menos otra voz que no sea la del silencio. Te está acompañando, mirando al cielo. Estaba ahí.
Cuesta un poco regresar.
Bajamos del escenario, ya sin prestar tanta atención. Nos acordamos más de lo que viene después. Hay quien mantiene el contacto con el silencio también el resto de la semana. Puedas o no, siempre te queda otra sesión de teatro para soltar un momento tu mochila. Para volver a sentir tus propios hombros.
Ya nos hemos hecho con el espacio. Nuestras articulaciones han crujido y han cantado todo lo que podían. Lo que podían, pues hay quien no puede desplegarse de aquella forma imaginada. Hay mayores, hay jóvenes; hay quien viene a ver, y comparte lo que ya ha visto. Cada cual inspira y espira a su ritmo, ya estemos brincando, contemplando, o esperando sobre una silla.
Hoy no toca montaje. El guion está ocioso y se entretiene arrugándose las esquinas. Hoy toca taller. Cada uno se monta a sí mismo, con apoyo de todos. A cada minuto que pasa, los focos pierden más su función, pues la función verdadera se gesta por dentro.
Que conste en acta para los cínicos: jugar es muy divertido.
Desde una misma premisa, multiplicamos las perspectivas. Podemos revivir en una sola sesión a todos los Sherlock Holmes que conocíamos, y además a Herlock Sholmes.
Tras haber subido a lo alto del torreón, hay que descender. Aquí se respeta la importancia del epílogo.
Para bajar de nuevo al gentío, nos servimos de unas esterillas. Puede que sean estrechas, pero son nuestras alfombras mágicas. Nos tumbamos en ellas. Las luces también deben bajar. Respiramos por todas esas partes de nuestro cuerpo que nunca dicen yo.
Es la coda; no queda nada que hacer.
En estos momentos no echas de menos otra voz que no sea la del silencio. Te está acompañando, mirando al cielo. Estaba ahí.
Cuesta un poco regresar.
Bajamos del escenario, ya sin prestar tanta atención. Nos acordamos más de lo que viene después. Hay quien mantiene el contacto con el silencio también el resto de la semana. Puedas o no, siempre te queda otra sesión de teatro para soltar un momento tu mochila. Para volver a sentir tus propios hombros.
miércoles, 12 de junio de 2019
Sintetizar texto para actores
Este año, aparte de colaborar como actor en el taller dirigido por mi amiga Saskia Sánchez de Agüero, participé en la adaptación de la obra. Era Doce hombres sin piedad (Reginald Rose, 1954), un texto largo y prolijo lleno de iteraciones.
Con la mejor de mis intenciones, probé a acortar buena parte de las líneas de diálogo sintetizando el contenido. Así habría menos palabras que memorizar y se agilizaría el ritmo. ¡Pobre iluso! En mis propias carnes sufrí mi decisión.
Cuando memorizamos textos, es más fácil hilarlo todo cuando cada línea lleva a la siguiente de forma fluida. Pero cuando está todo tan sintetizado que se salta de una premisa a la siguiente obviando lo obvio, es el reparto quien debe seguir el hilo en su imaginación.
¡Con tal de ahorrarles pasos a mis colegas, los puse a saltar a la pata coja!
Así pues, para que sirva de anotación para el futuro: más vale dejar a los actores de teatro una línea de sobra a que de tanto quitarles hebras se queden deshilachados.
Con la mejor de mis intenciones, probé a acortar buena parte de las líneas de diálogo sintetizando el contenido. Así habría menos palabras que memorizar y se agilizaría el ritmo. ¡Pobre iluso! En mis propias carnes sufrí mi decisión.
Cuando memorizamos textos, es más fácil hilarlo todo cuando cada línea lleva a la siguiente de forma fluida. Pero cuando está todo tan sintetizado que se salta de una premisa a la siguiente obviando lo obvio, es el reparto quien debe seguir el hilo en su imaginación.
¡Con tal de ahorrarles pasos a mis colegas, los puse a saltar a la pata coja!
Así pues, para que sirva de anotación para el futuro: más vale dejar a los actores de teatro una línea de sobra a que de tanto quitarles hebras se queden deshilachados.
lunes, 10 de junio de 2019
Teatro leído: MEDEA
![]() |
| Medea, de Frederick Sandys (1829–1904) |
No es la primera vez que mi club de lectura recita a Eurípides. Hemos llegado a leer Medea en la plaza del Callao, con unas túnicas blancas hechas de pancartas viejas. Fue cuando pasó Jaime Blanch y me vio disfrazado de Jasón. Me hizo ilusión haberlo hecho sentir como en El Ministerio del Tiempo.
Esta vez ha sido la que menos efectismos hemos preparado y la más memorable hasta la fecha.
El Espacio Vecinal Montamarta —al este de Madrid—, quiso celebrar sus cinco años de cinefórum proyectando la película Medea (1988) de Lars von Trier. Y sabiendo que teníamos Medea en repertorio, nos ofrecieron abrir la sesión con una lectura dramatizada.
Perdona, Eurípides, pero creo que una de las razones por las que nos salió tan bien fue porque quitamos una frase. Al final del todo, en lo más virulento —tremendo SPOILER—, el corifeo explica a Jasón que sus hijos fueron asesinados por Medea. Lo que Jasón responde tiene mucho sentido como acotación integrada en la acción; pero sinceramente, para el lector moderno queda risible.
JASÓN
¿Dónde los mató? ¿Dentro o fuera de la casa?
A ver, Jasón, ¿qué importará si fue dentro o fuera? ¡No te hagas el detective, ya sabes que lo hizo la madre!
En todas las ocasiones en que hemos leído la obra, traté de interpretarlo del modo menos gracioso posible, pero igualmente aquella frase de dentro o fuera sacaba una sonrisa en nuestro propio equipo. Esta vez, la tachamos. Y la corriente de pathos se disparó sin cortapisas.
Otro factor del éxito de nuestro acto fue la predisposición del público. Cuando la audiencia viene atenta desde casa, nosotros podemos probar técnicas más sutiles porque la mayoría las va a captar.
Quizá los disfraces jugaron en nuestra contra las otras veces.
El teatro, en cualquiera de sus formas, no es como el hockey, donde le das a un coso con un palo; el teatro se parece más al curling, porque tienes que andar barriendo frenéticamente delante del coso para que parezca que se mueve solo.
Pero el factor más importante fue que era una experiencia compartida. En otras ocasiones, el público estaba delante, al final nos decía que les había gustado, pero faltaba la catársis.
Hoy escuché a una señora sollozar levemente. No sé qué pensó el resto de mis compañeras, pero en ese momento me propuse hacerla llorar ríos. Sin obcecarme, entré en la emoción precisa. Esto ya no sería una mera introducción a la película. Nuestra lectura iba a ser como esas porciones de pizza que sirven antes de las cenas de boda para que no salgas con hambre. La gente no habría venido por ello, pero sin duda volverían a casa satisfechos porque el resto de la noche tuvo sentido.
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