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viernes, 25 de octubre de 2019

Póster de mujer con velo

Sucedió en el espacio de un segundo y medio.
Al ir a pasar por delante de un salón de estética de los que pegan carteles de hermosas mujeres, llamó mi atención la imagen de una mujer con velo. No se me ocurrió que fuese una estampa inusual en una peluquería para señoras.
Me sorprendió la sutil distinción que transmitía. Su mano izquiera se alzaba hasta su barbilla como si flotase sin esfuerzo. Sus dedos miraban a su derecha en horizontal, como marcando un número a modo de pista en una película trasnochada de misterio.
Me miraba a mí. Sus ojos no eran grandes, pero absorbían todo.
Sonreí cuando me di cuenta de que, aunque inmóvil, no era una foto.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Batman Day

Pasar cerca de una Casa de Cultura y que desde una ventana estén proyectando la Bat-señal.


viernes, 20 de septiembre de 2019

Navarone

Los cañones de Navarone sigue siendo popular en España porque se le puede hacer rimas.


jueves, 19 de septiembre de 2019

¿Paseas o trabajas? El vendedor incómodo

Iba sin prisa por una avenida principal. Había anochecido. En un punto más estrecho, dos señoras de aspecto sudamericano querían pasar, así que esperé unos segundos quieto para cederles el paso. Cuando ya estaba por retomar el paso, un tipo trajeado me saludó alzando la voz desde unos quince metros:
—¡Hey! ¡Quería hablar con alguien como usted!
Los árboles de la avenida le dejaron la cara en sombras hasta que lo tuve al lado. También me daba el perfil sudamericano. Sonreía como un vendedor. Quiero creer que era un vendedor, y no un marido pasivo-agresivo celoso porque dejé pasar a su mujer y a su madre. No sabía realmente si me sentía incómodo, de noche nunca suele haber vendedores ambulantes.
Me dijo su nombre sin alzar la voz demasiado, y me ofreció la mano. No era de los vendedores que cometen la afrenta de taparse la identificación del pecho. Ni siquiera llevaba logo. No quería dejarle la mano colgando, pero cuando me presenté yo también y se la di, apretó como para transmitir que él tenía mucha confianza en sí mismo.
Sí, era incómodo.

Proseguí el paso y me acompañó unos metros.
—Y dígame, ¿qué es usted?
—¿Cómo que qué soy?
—Sí. De su madre, de su padre...
No dio tiempo a saber qué quería el individuo. Enseguida alcanzamos a las dos señoras y dejó de insistir. Juraría que ellas le dijeron algo.

Las sobrepasé en un paso de cebra y me adelanté unos metros, hasta un escaparate. Miraba unos precios, pero también escuchaba los pasos en la acera. Unos segundos después, estuve seguro de que las dos señoras ya habían pasado de largo. Pero no distinguí si eran dos parejas de piernas o tres. Me giré. El tipo estaba ahí.
—¿Bien? —me dijo sonriente, con las manos en los bolsillos; y a mí me faltaba el contexto.
Me desgiré; seguí mirando precios. ¿Era posible que hubiera alguien tan cutre de trabajar como vendedor al mismo tiempo que paseaba con su familia? ¿Era eso menos penoso que la otra idea del marido celoso?
Ya no me podía concentrar en los precios, pero me quedé mirando otro rato. Al girarme, había desaparecido. Espero que sí fuese un vendedor cutre.

martes, 17 de septiembre de 2019

Los jabalíes van a la city - Parte 3


Ahora que se llevaron a los jabalíes, las zonas verdes se recuperan de los socavones. Es probable que ya no los vuelva a ver por la zona en mucho tiempo.

¿Y si volvían? Pasé otra vez por delante del parque en forma de triángulo. Tenía la corazonada de que iba a ver otra sombra moviéndose entre los pinos.
Era una silueta negra, pero muy espigada. No era un jabalí. Era un zorro, que también me vio y corrió como una exhalación hasta lo oscuro. Apenas pude ver la estela de su cola.

No importa que ya no haya ni un jabalí. Esto es El Triángulo de las Verrugas.






miércoles, 11 de septiembre de 2019

Adiós, señores argentinos

Durante el último año, dos de los sitios que conocía donde aún podías tomar café en paz han desaparecido. Ambos estaban regentados por un afable señor argentino; uno distinto en cada local.

En el que cerró primero, el café no era tan bueno. Era el término medio entre café servido por persona y café de máquina. De hecho, lo servía en vasos para máquina. Pero era barato y el dueño nos llamaba papá al saludar.
Ahora es una carnicería.

El segundo tenía el mejor café del centro, quizá sólo superado por el del Bar La Cueva, que desde que derribaron el edificio que le hacía sombra ya no parece tan cueva. Este segundo local de este segundo señor argentino estaba lleno de rincones y esquinas, por lo que siempre te sentías a resguardo de las voces de otras mesas. La luz entraba tenue de día y se iluminaba tenue de noche.

Las paredes tenían algún que otro cuadro, a destacar una ilustración que plasmaba la península ibérica desde el centro de Madrid —con sus rascacielos sobresaliendo— hasta el mar Cantábrico. Todo lo que había entre la capital y la costa era puros terruños y sembraos, lo que daba la sensación de que los rascacielos de Madrid medían kilómetros y toda España vivía en ellos. ¿Cómo si no hubieran aparecido en una imagen que cubría desde la Meseta Central hasta el norte? Ese cuadro era como un mandala que te hacía reconocer la irracionalidad del mundo. Un café zen.

Pasado el verano, me acerqué de nuevo. La última vez que había estado ya vi un cartel de Se traspasa, así que no di por sentado que el señor argentino segundo me fuera a estar esperando. Pero no estaba preparado para lo que vi al asomarme al ventanal de entrada.
Una tele. Una tele gigante. Una tele gigante con fútbol, y una familia ocupando una mesa en todo el centro. Y un hombre que me miraba y remiraba como si cometiera una afrenta por no entrar a consumir para ver el fútbol. ¡No estaba viendo el partido, señor probablemente colombiano! Estaba paralizado por la impresión de no ver mi cueva de ancianos donde Madrid se ve desde Santander.

martes, 10 de septiembre de 2019

Los jabalíes van a la city - Parte 2

Primera parte:


Los jabalíes de la semana pasada bajaron doscientos metros más, hasta el punto donde la carretera corta el terreno. La valla tiene un boquete, y me los puedo imaginar entrando en el hueco de la medianoche donde la gente está mirando a otro lado.

Cuando yo los vi, trataban de salir y se habían olvidado de por dónde estaba el agujero. Se quedaron pegados a la valla desde dentro, sin saber cómo se pasaba.
Una furgoneta blanca con logos oficiales se les quedó mirando.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Puntualidad

—A partir de hoy, habrá nuevas normas. La primera es que hay que entrar a la hora de entrar.
—¡¿A la hora de entrar?!
—Sí, y salir antes de que sea la hora de cerrar.
—¿¡¿Antes?!?

domingo, 8 de septiembre de 2019

¿Se puede echar en falta un foso?

Están instalando una rampa en el «foso» del escenario donde hago el taller de teatro.
Curioso: antes no me daba miedo caerme del proscenio. Ahora me da miedo caerme dos veces.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Los jabalíes van a la city

Hace unos días escribí un intento de aforismo basado en un artículo sobre los jabalíes que de noche se cuelan entre las calles de los pueblos. Pues bien: dicho y hecho.

Anteayer salí al caer la noche rumbo al centro del pueblo. Pasé junto a la zona arbolada de un parque apartado en forma de triángulo. Me había preparado una cena consistente para no tener que comprar fuera. Me tiré un eructo, y otro eructo me respondió desde el otro lado de un murete de arbustos. Del susto me salí de la acera.
Poco a poco, volví a subir a la acera para mirar por encima del murete. Una pequeña piara se alejaba al otro extremo del triángulo. Un jabalí adulto guiaba a por lo menos media docena de jabalíes más pequeños. Sus siluetas negras resaltaban entre los pinos contra la luz de la carretera. Me impresionó lo largo de sus hocicos. En cuanto me asomé, el jabalí grande me vio desde lejos y giró su cabeza hacia mí. Enseguida condujo a sus pequeños a un recodo más abajo, donde los perdí de vista. No habían atravesado la carretera, no sabía dónde estaban.

Retrocedí unos metros y temí una emboscada porcina por cualquiera de las tres aceras que me llevaban al centro. Pensé en cómo podría contar este encuentro. No paraba de pensar en las palabras de Ralph Wiggum: «Y uno de ellos se me quedó mirando.»
En lugar de subir por donde planeaba antes, o de cruzar al otro lado de la carretera —donde hay otro espacio donde cabe el misterio—, resolví cruzar por la carretera de enmedio, donde la estadística me decía que me iban a atacar sí o sí, pero mis ojos me decían que ahí ya no estaban.
Avancé con calma. Con calma. No están. Sigue oliendo a tierra levantada y desesperación por vivir. ¡Calla, que están ahí arriba! Menos mal que me alejé antes.
Los dejé atrás. Los jabalíes seguían pateando la hierba. Y uno de ellos se me quedó mirando.



Segunda parte:

viernes, 30 de agosto de 2019

Murciélagos en el umbral de la madrugada


Al final de la avenida hay un círculo de cien metros donde cabe todo. Una rotonda, precedida por una carretera, flanqueada por un parque arbolado y una finca ganadera.
A esa hora de la noche que aún no llamo madrugada, viven los murciélagos.

A diferencia de las bandadas de murciélagos de las películas, los murciélagos de esta avenida no eclipsan el cielo. Viven en este círculo como un banco de peces de las profundidades, sin agua que los sostenga. Como pájaros que ya se tuvieran todo dicho, improvisando una danza sigilosa, sólo apta para quien ose entrar a escena. Tú también tienes que integrarte con la danza, caminando a través con confianza en ellos pero sin pedir que adivinen tus movimientos. No hay que confundir la fe con la exigencia.

Los murciélagos no se te acercan por faltarte al respeto, como algunos primates al volante de un coche. Los murciélagos se te acercan tanto porque confían en los demás tanto como en ellos mismos.

jueves, 15 de agosto de 2019

lunes, 12 de agosto de 2019

Bosque quemado, flora nueva

En cuanto publiqué en el blog los últimos microrrelatos que tenía en la recámara, se me ocurrió una posible idea de novela.

Ha sido como una fiebre. Uno de los micros menos potentes guardaba una espita que prendió ideas cercanas, y un bloque de piedra emergió de la marisma en medio de la noche.
Sobre todo... Sobre todo ha sido divertido. Ya no me importa que estos días no vaya a hacer aquella escapada vacacional. Estos días voy a necesitar una mesa para manchar de trazos negros el cuaderno.

sábado, 3 de agosto de 2019

Shak¡CRUNCH!speare

«Shakespeare escribió sus obras para ser vistas masticando con la boca abierta gusanitos de maíz de los que están al fondo de una bolsa de plástico.»

Firmado: las dos niñas que se sentaron detrás de mí en el teatro y que no comieron durante el receso pero sí durante las escenas del clímax.

viernes, 2 de agosto de 2019

Operro, el pastor de Alemania

Fui a una obra de teatro donde una línea del texto justificaba la presencia de un perro. Ahí estaba el pastor alemán; peludo, rellenito. A todos nos conquistó con su candor. De hecho, jugó en contra del resto del reparto, que a su lado tenía que esforzarse más para meternos en la tragedia.

En su primera intervención, el perro se dejó llevar a lo largo del escenario. Estaba acompañando a los demás sin mediar en el conflicto. Buen chico.

En su segunda intervención, hizo menos todavía. Seguramente salió porque si no lo hacía ahí, luego tendrían que darle un rodeo impresionante por las bambalinas y no querían dejarlo solo.

En su intervención final, arrancó el aplauso del público. Cuando quedaba un mero segundo para finalizar la obra, saltó a la cama de la Desdémona, se echó tan ricamente y se puso a lamer la cara de su amo. ¡El pobrecito había pasado tanto disgusto!

martes, 30 de julio de 2019

¿Qué hace aquí?

Estaba yo de cuclillas, comiendo un bocadillo y usando un banquito como mesa para partir el pan, cuando se acercó una niña desconocida de unos nueve años.
—Hola. ¿Qué hace aquí? —me dijo sin expresar un tono en particular.
No entendí qué quería decir. La razón de la pregunta. Lo que de verdad quería saber. ¿Estaba reprochándome el comer de cuclillas detrás de un poyete porque nunca se lo había visto hacer a nadie? ¿Estaba preguntándome por qué estaba en aquel lugar y no en Constantinopla? Respondí lo obvio.
—Comiendo.
—Ah, vale.

domingo, 28 de julio de 2019

Mendigos colorinchis

En un banco de la avenida, una pareja de jóvenes amables pedía dinero para comer. Sin voces lastimeras, bien limpios, con su perro echando la siesta donde no molestara.
Ninguno de los viandantes los tomó en serio. Estarían esperando a que llegasen a ese punto donde toda ayuda es inútil y no pueden remontar. A cuando la voz nace ya rota; a cuando no merece la pena limpiarse porque dormir ensucia; a cuando el perro se queda tumbado no por educado sino porque se quedó toda la noche alerta.
¿Vale la pena mostrar simpatía cuando los demás sólo te aceptan medio muerto?

viernes, 26 de julio de 2019

El paisaje interior

Recuerdo más sueños de los que luego cuento. Es sólo que no son material de cuento.

A veces, sueñas con cosas que no son interesantes por sí mismas, pero toda la experiencia está cubierta de un ambiente emocional —un sabor psicológico— que la hace única. Como si te asomases a tu futuro y percibieras tu estado anímico sin haberte puesto en contexto de todo lo que ha pasado entre medias.

Imaginemos que las cuatro estaciones del año se dieran a lo largo de toda una vida.
El corazón de un niño sería un jardín florido. Si se asomara en sueños a otra estación, experimentaría colores nunca antes vistos, y al despertar no sabría como expresar los tonos de la hierba. Porque además su entorno insistiría en saber los detalles de los eventos externos: qué pasaba, quién más aparecía, etc.
Bajo ese prisma, una dimensión importante de lo soñado se pierde. Es como grabar con una videocámara la proyección de una película.

El paisaje interior, el color del corazón, no es algo que se pueda describir en palabras de un modo entretenido. Quizá como un gozo estético. Un poema, una pintura. Una expresión artística, que puede resonar en otra persona.
En el mejor de los casos, es un paisaje más hermoso que el cotidiano. En el peor de los casos, es demasiado hermoso.



lunes, 22 de julio de 2019

Vasos sobre la expendedora

Sobre mi máquina de café predilecta hay tres vasos.
Uno de ellos está lleno de palitos de plástico para remover el contenido. Seguramente alguien de la empresa de expendedoras vio que de vez en cuando los cafés no traían palito y dijo:
—Dejemos estos palitos aquí arriba; porque si a mí no me saliese palito, me gustaría poder tener otro aquí.

Los otros dos vasos están vacíos. Seguramente alguien de la empresa de expendedoras vio que cada varios meses el café caía sin haberse puesto el vaso primero y dijo:
—Dejemos estos vasos aquí arriba; porque si yo viese que no sale el vaso un segundo antes que el café empiece a caer, me gustaría poder agarrar un vaso de aquí, pasarle un dedo por dentro para frotar el polvo pegado por haber estado encima durante semanas, soplar para expulsar las motas sobrantes, abrir la puertecilla de protección de fugas y encajar el vaso a tiempo para que todo el café que he pagado caiga dentro.