viernes, 26 de julio de 2019

El paisaje interior

Recuerdo más sueños de los que luego cuento. Es sólo que no son material de cuento.

A veces, sueñas con cosas que no son interesantes por sí mismas, pero toda la experiencia está cubierta de un ambiente emocional —un sabor psicológico— que la hace única. Como si te asomases a tu futuro y percibieras tu estado anímico sin haberte puesto en contexto de todo lo que ha pasado entre medias.

Imaginemos que las cuatro estaciones del año se dieran a lo largo de toda una vida.
El corazón de un niño sería un jardín florido. Si se asomara en sueños a otra estación, experimentaría colores nunca antes vistos, y al despertar no sabría como expresar los tonos de la hierba. Porque además su entorno insistiría en saber los detalles de los eventos externos: qué pasaba, quién más aparecía, etc.
Bajo ese prisma, una dimensión importante de lo soñado se pierde. Es como grabar con una videocámara la proyección de una película.

El paisaje interior, el color del corazón, no es algo que se pueda describir en palabras de un modo entretenido. Quizá como un gozo estético. Un poema, una pintura. Una expresión artística, que puede resonar en otra persona.
En el mejor de los casos, es un paisaje más hermoso que el cotidiano. En el peor de los casos, es demasiado hermoso.



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